lunes, 24 de noviembre de 2008

CAMPAMENTO CLIMAX






Marta tiene un marcapasos

Marta tiene un marcapasos, que le anima el corazón
no tiene que darle cuerda, es automático.
Puedes oír sus pataditas, está vivo creo yo.
Marta tiene un pasajero en su corazón, en su corazón.

Siento un golpe, en el pecho, yo sólo quería besarte,
ha salido el marcapasos, entre vísceras y sangre.
Mírale que ojitos tiene, es idéntico a su padre,
es idéntico a su padre.

Juega con todos los niños, les arranca el corazón,
se los come con tomate, que simpático.
No hay criatura más hermosa, que el pequeño marcapasos
Marta está ya como loca de manicomio, de manicomio...

Siento un golpe, en el pecho, yo sólo quería besarte,
ha salido el marcapasos, entre vísceras y sangre.
Mírale que ojitos tiene, es idéntico a su padre,
es idéntico a su padre.

En realidad, no es ésta la canción de Hombres G que siempre me hace rememorar el autobús soleado en el que fuimos de excursión a esa playa maldita de forma inequívoca, es "El ataque de las chicas cocodrilo", que era la que más alto coreaban las demás niñas y la que más les gustaba, mi favorita fue siempre ésta que nos encabeza, con el aún hoy insondable misterio de sus referencias sanguinolentas a no sé si los temores de un embarazo no deseado, una regla problemática o a una psicópata literal de personalidad disociada.

Digo inequívoca y no nítida ni exacta porque en realidad se trata de una nube informe de sonrisas brillantes y caritas bronceadas y no recuerdo siquiera si era el primer campamento de esa clase al que fui; todo niñas, todo control en un recinto vallado alrededor del convento en el que las tiendas se montaban en una explanada de gravilla con bases de cemento ad hoc y teníamos baño, comedor, piscina y mini-golf, a pocos kilómetros de un núcleo habitado, que encima era mi pueblo. Sé que estuve allí durante tres agostos consecutivos y que luego fue mi hermana en mi lugar, pero no podría datarlo, no estoy segura de si tenía diez, once o doce años -el límite para ir-, si ya era el verano en el que llevaba el pelo corto y aún no había ni empezado a mutar en señorita del todo, delgada y pecosa como un extraño chaval, inconsciente de sus nacientes atributos; algo que recuerdo porque me temo que hace años que ya sé qué estaban mirando tanto a través de mi pijama demasiado corto y escotado los dos tontos de mi clase que vinieron un verano en plan latinlovers de doce años, mientras yo escrutaba sus mandíbulas colgantes soñolienta, en la luz gris del amanecer. Recuerdo a G. al borde de la piscina pidiéndome silencio por señas cuando les mentía a las niñas guapas diciéndoles que no iba a séptimo, sino a octavo. Yo les dije la verdad porque nunca he sabido lo que me conviene.

Aunque se trataba de una trampa progresiva para que aceptara ir a un internado femenino de medio pelo sin rechistar demasiado, en aquel lugar descubrí cosas tan importantes como que yo, la Carrie White oficial del reino, podía tener mis propias amigas, incluso me lo dijeron un día unas gilipollas de mi clase, de las típicas que en realidad tu madre ha sobornado a otra para que finjan que son amigas tuyas por vete a saber qué compensaciones. Me dijeron "Vete con tus amigas" y me quedé allí en medio pensando, pues sí, claro, porqué no se me habría ocurrido antes. Lo más gracioso fue que mientras las de mi clase acabaron automarginándose, yo hice amigas del colegio al que iría años más tarde y amigas de otros pueblos.

He de decir que las amigas del grupo en el que me integré era un poco raro, no podría precisarlo, pero creo que serían las de mi tienda, con ellas viví experiencias tan turbadoras como aquella conversación en la penumbra, entre farolas y arbustos, con la chica del bikini amarillo que aparentaba quince años en lugar de trece; nos explicó algo de su primera menstruación en la playa con un bikini de ese mismo color, precisamente; lo llevaba puesto para una coreografía en la que las niñas, en bañador y con vestidos de papel y coronas de flores arrancadas de los jardines, bailarían el "Hawaii-Bombay" de Mecano. Al final las monjas no permitieron que nadie enseñara el ombligo y yo bailé a duras penas con algo naranja de papel tapando mi bañador de sandías, no sé si eso u otra cosa.

Otra de esas experiencias estaría relacionada con el macguffin de este post; una de las chicas, a la que llamaremos Mónica, siempre andaba contando las películas de miedo que había estado viendo, fuera como fuese, era demasiado pequeña para verlas; no sé si sería por su habilidad al narrarlas, pero al menos dos de esos relatos se me quedaron grabados, existe uno más borroso que me hacía tener pesadillas con muñecas de ojos encendidos volando sobre mí antes de dormirme en la tienda, por mucho que me tapara con las humildes sábanas de florecitas azules sustitutas del saco de dormir que tenían las otras, pero ese es justo del que menos me acuerdo. Al parecer hay muchas películas de muñecas poseídas tanto de porcelana como de plástico.

Aparte de una en la que a una embarazada le abrían el vientre y le sacaban al niño en un crucero por las islas griegas -esa sería "Terror en el mar Egeo", según el Sr. Jonatan Sark, nuestro particular benefactor fílmico en este revival de sensaciones preadolescentes- que la verdad no me apetecería demasiado ver, no soy mujer de gore puro y duro sin coartadas argumentales, la que más me impactó fue una en la que la nínfula* Brooke Shields en todo su esplendor era quemada viva el día de su Primera Comunión, una imagen que se me había cruzado siempre con la escena de "Giulietta de los Espíritus" en la que Giulietta Massina se está mirando al espejo mientras recuerda la representación del martirio de una santa en su colegio, con una niña vestida de blanco entre fuego de serpentinas atizado por ventiladores, una niña que a ella se le aparece por las esquinas del espejo calcinada y con los ojos blancos, entre estremecedores susurros de otro mundo; era así como yo imaginaba a la pobrecita Shields, ennegrecida y punteada de lacitos y florecillas también blancas en un macabro arreglo estético de mi propia cosecha, intentando dulcificar el impacto de sus pobres globos oculares combustionados.

Compré Giulietta Degli Spiriti hace años, pero nunca he sido capaz de revisionarla pensando en esa escena, que seguiría sin duda dándome escalofríos, erizándome el vello de la nuca y hasta causando esos ligeros sudores fríos que continúan asaltándome al presentir lo incognoscible en determinadas imágenes, relatos o recuerdos de sueños que no sé ya visión, pesadilla o alucinación de aquella oscura infancia llena de miedos reales y ficticios.





Así y todo, "Alice sweet Alice", a pesar de quedar un poco por debajo de mi calenturienta fantasía infantil -una sombra de lo imaginado se ve de pasada en unas fotos del cadáver de la infortunada hermanita de la protagonista que son subidas por un montacargas- es una experiencia a tener en cuenta, una película única en su género; a pesar de ser en teoría un simple slasher, tiene una atmósfera que no creo haber sentido en otros filmes, algo provocado no sé si de forma intencionada o no, por una multitud de factores diversos, sobre todo debidos a una producción algo cutre; para empezar, se trata de una película ambientada en los primeros sesenta de una forma barata por lo que en ese sentido concreto resulta artificiosa, aunque esa circunstancia es la que refuerza el ominoso presentimiento que domina el relato de la espectacular traumatización de la más bien agridulce Alice.

Al fin y al cabo, cualquiera que haya sido una niña de doce años -se ve que allí la primera hostia te la dan a esa edad- se sentirá identificada en algún aspecto con una chavala un poco demasiado descarada de modales bruscos que se ve enfrentada a la perfección encarnada en su hermana casi melliza, que encima es la buena y la favorita de todos, aunque le dure poco ese privilegio. Por cierto que la actriz protagonista, la escurridiza Paula E.Sheppard, tenía diecinueve abriles en el momento del rodaje, a pesar de la típica teta treceañera puntiaguda que se le vislumbra -según aportación del precoz fauno** Isabelo durante la proyección casera del filme- al agacharse en una de las escenas del principio. En cambio, la Shields sí tiene la edad de su personaje.

A mí me resultó mucho más interesante la propia Alice Spages -una niña siniestra que se enfrenta a la siempre dolorosa prueba de ir abandonando sus juegos para abrazar otros no menos complicados- que el natural devenir de la película, una sucesión de asesinatos más o menos cruentos con un final que puede parecer decepcionante pero que no deja de sembrar algunas dudas sobre quién cometió ese primer y cruelísimo asesinato, o quién podría haberlo cometido y si no ese, terminar haciéndolo de todos modos en un futuro.

Aparte de la protagonista, hay otros personajes igualmente perturbadores como el vecino pederasta con la casa llena de gatos, el ama de llaves entregada a servir al típico sacerdote que suele ser objeto de devociones poco sagradas por parte de señoras sin mucho que hacer a ese respecto, la tía soltera metomentodo y los propios padres de las chicas, una pareja separada en el vórtice de una de esas comunidades católicas que se podría decir que reciben una especie de castigo divino por familia desestructurada y eje del mal. Todo ello en un ambiente sucio en el que siempre llueve o parece haber llovido, como de impermeables mojados o de patio de recreo sombrío y embarrado con hojas muertas pegadas al alma.

Quizá no un gran clásico, pero sí una película interesante a revisionar y para hacer un remake español con beatas varias y catedrales góticas igualmente desaprovechadas del territorio nacional.


Fuentes:

Soberbia web en inglés sobre niños traumatizados en el cine de terror.
Paula E.Sheppard, fanpage. *Era de Geocities, que cerró en 2009
Weblog de un chaval que admira a mi hermanito Sakura y le ha puesto en su banner.*Ya no, así que nada.

*Añadido 8 de septiembre de 2015.

*Esta referencia a la Lolita de Nabokov se debe a la broma del título, "Campamento Climax" es como se llama el campamento al que envían a Lolita en la versión de Kubrick, no olvidemos que guionizada por el propio autor; esta broma también es suya, aunque en la novela no sea así. Supongo que no es muy adecuada, pero entonces no veía ningún problema en hacerla; he pensado en cambiarla por "niña", pero me parecía reescribir la Historia, por así decirlo. 

**Otra referencia a Nabokov que me parece curiosa, porque asocio fauno con nínfula, quizá pensando en las ninfas de antigüedades, y pensando más en iguales que en abuso de un mayor,  me pregunto si ya veía allí algo que no me cuadraba. Los recuerdos de Isabelo son de cuando él también tenía trece años, ojo, que no se confunda nadie. Supongo que además quería poner algo del toque turbio que solían tener nuestras preadolescencias por entonces, ahora tengo una visión más siniestra, algo que me parece  que demasiadas veces ya no sería tan alegre ni tan entre iguales, por ello, no sé si hoy en día incluiría esta historia o si la trataría de forma tan liviana. 

No hay comentarios: